Recuerdo haber visto como brillaban sus ojos reflejando el amor puro que logramos sentir, recuerdo como sus ojos me devoraban una y otra y otra y otra vez, en sus labios se posaban palabras que iban más allá de lo que lográbamos expresar con el cuerpo. . . eramos sentipensantes, eramos dos intentando ser uno.
No sé en que momento pasó que él comenzó a sentir la necesidad de otra piel, él ya no quería ni necesitaba más la mía, quizás nunca la necesitó. . . y acá estoy yo negándome rotundamente a conocer y recorrer otra piel con la tonta idea de que quizás en algún momento me pille con unos ojos como los de él, con unas manos como las suyas y con unos abrazos que me llenen el alma y me infundan una confianza plena que vaya más allá de contarse un par de cosas y compartir unas pocas risas... esa confianza que permite enredar el cuerpo y el alma. Pero en realidad no es que lo quiera a él es que me asusta y me agota tan sólo pensar en comenzar todo otra vez, generar la confianza y descubrir miradas y ojos nuevos.
Lo deseo de una forma sexual que no logro entender, aún logro sentir su piel en mis manos, aún recuerdo su sabor, aún recuerdo su cara cuando algo le gustaba lo suficiente como para dejarlo sin aliento un par de minutos, aún se me eriza la piel ante la posibilidad remota y casi nula de que me recorra el cuerpo con sus ojos, sus manos y su boca. Pienso en su boca rozándome el cuello, en sus manos apretando con fuerza mis caderas, mis piernas, mi cuerpo entero, entero. Pero cuando me detengo y pienso en el amor yo no lo prefiero a él y probablemente él no me prefiera a mi, pero esto no quita en lo absoluto las ganas que tengo de robarle un poquito de aire de su boca y en que él me quite las locaslocaslocas ganas de sentirlo. . .
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